En este proyecto de reforma integral, nos enfrentamos a una vivienda de los años 70 que pedía, no una actualización, sino una nueva identidad. El desafío: transformar una estructura compartimentada en un refugio contemporáneo para un joven propietario que buscaba un hogar capaz de seguir su ritmo y reflejar su esencia.
La intervención rompe con la jerarquía tradicional. El alma de la casa se desplaza al centro, donde un núcleo actúa como eje de rotación y transición —que integra cocina, baño y aseo—. Este volumen no solo organiza la logística del hogar, sino que traza una frontera invisible pero rotunda: divide la zona de descanso, situada junto a la entrada, de la luminosa zona de día donde el salón, el comedor y la terraza se unen.
La estética del proyecto se podría definir como minimalismo cálido. Se ha apostado por una paleta de tonos neutros que invita a la calma, permitiendo que la arquitectura hable a través de sus texturas y materiales. El gran protagonista es la madera de roble, que aporta una nobleza orgánica en su encuentro preciso con el suelo pétreo. Es en la intersección de la calidez de la veta frente a la serenidad de la piedra y de las paredes blancas donde el piso encuentra su equilibrio.
El epicentro de la convivencia es una pieza de mobiliario a medida que desafía las etiquetas. Más que un mueble, es una infraestructura de vida: transita de ser un sistema de almacenamiento oculto a convertirse en una isla de cocina y mesa alta, articulando el espacio de estar con una funcionalidad fluida.
Fotografía: Carmen Espinosa Bruque
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