Hay arquitecturas que no se miden en metros cuadrados, sino en recuerdos. El encargo nace de un profundo respeto por lo preexistente, con la premisa de mantener la esencia estructural original e intervenir solo lo estrictamente necesario para adaptar el inmueble a las exigencias del confort actual. Este proyecto de reforma aborda la transformación de un antiguo chalet de verano, un refugio familiar que ahora se prepara para albergar una nueva generación de historias.
La vivienda se organiza con una claridad geométrica rotunda, dividiéndose en tres franjas donde las funciones se enfrentan como dos “L” que dictan el ritmo cotidiano. El alma del proyecto reside en el muro divisorio que separa la zona de día de la de noche. Este elemento estructural se celebra mediante un tratamiento material distintivo, convirtiéndose en el lienzo que narra la transición entre el descanso y la actividad.
Bajo la estrategia de la mínima intervención, el diseño encuentra su máxima potencia en un único movimiento: el desplazamiento estratégico de un fragmento del muro original hacia el exterior. Este sutil gesto arquitectónico actúa como catalizador, permitiendo que la zona de día respire y se expanda. La cocina y el salón se funden a través del comedor en una secuencia fluida que recupera la vocación social y abierta del chalet original.
El proyecto demuestra que la actualización espacial no requiere demoliciones drásticas. Al conservar la estructura y optimizarla con intervenciones quirúrgicas, se logra un hogar que se siente nuevo pero conserva el eco de su pasado; una arquitectura de la contención donde funcionalidad y memoria caminan de la mano.
Fotografía: Carmen Espinosa Bruque
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